Dichos de un filósofo de banqueta

La verdad de las cosas es que…

Bueno, la existencia en si es complicada. Ya lo dijo Sartre…

Permítame decirle mi teoría al respecto. Por principio de cuentas, no tenemos la vida comprada. David Hume mismo, en su tratado sobre el suicidio afirma que la voluntad humana es efímera…

¿Sabe cuál es el problema con los homosexuales? Ellos piensan que los demás debemos admitir sus…

Hablemos ahora de la confrontación entre Chomsky y Foucault. Aunque ambos eran estudiosos de la lengua, no tenían el mismo concepto en cuanto a los sistemas de poder. Foucault creía en que el dinero no es la causa del deseo de los seres humanos por obtener el poder, mientras que para Chomsky el capital era la guía principal de cualquier…

Ni Sócrates, ni Kierkegaard, ni Voltaire, ni Kant, ni Heidegger, ni Comte, ni siquiera Nietzsche. El mejor filósofo es Bertrand Russell.

Escribió: Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, México, 6 de mayo de 2018)

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Justicia y precisión: Pink Floyd ‘The Dark Side of the Moon’

En realidad, he hablado mucho de este álbum en tertulias y reuniones con amigos y conocidos, he dado letanías interminables acerca de su trascendencia y vigencia con los tiempos que vivimos, su influencia en otros grupos y artistas, etc. Si, es mi disco favorito de todos los tiempos, lo tengo en los tres formatos clásicos: casete, compact disc y vinil. Lo he escuchado tanto que me he visto obligado a comprarlo varias veces porque se raya o se rompe. He adquirido las actualizaciones (remasters) y volveré a pagar por él en cada ocasión necesaria.

Pink Floyd fue una banda que en su tiempo era seguida tanto por los fanáticos del rock progresivo como por aquellos que disfrutaban de la radio comercial. Sus integrantes no tenían precisamente la mejor de las relaciones personales, pero tenían una conjunción musical y creativa sin igual. Además de una portada intrigante (un prisma que proyecta la descomposición de la luz) y el trabajo magistral del ingeniero Alan Parsons, Dark Side of the Moon es la primera de cuatro obras maestras lanzadas durante la década de los 1970’s (los otros tres son Wish You Were Here, Animals y The Wall), un disco que permaneció 14 años en el top 200 de Billboard (durante los primeros años estuvo en el top 50) y ha sido apreciado por millones desde entonces.

En lugar de redundar o lanzar loas a lo loco, prefiero comentar cada pista porque como la obra conceptual que es, injusto sería destacar un par de ellas por encima del resto. Procedo a continuación.

1.- Speak to me/Breathe: la primera es composición de Nick Mason e incluye los latidos de corazón que desde los primeros segundos atrapan al escucha. La segunda parte, “Breathe”, habla sobre vivir sin miedo, libremente, pero consciente de que la muerte llegará algún día. Gilmour lidera el viaje, solo de slide guitar incluido.

2.- On the Run: experimento electrónico ideado por Roger Waters. También hay guitarra y batería, aunque el núcleo sonoro es obra del sintetizador VCS 3, un salto vanguardista para la época.

3.- Time: un tratado de filosofía existencial en menos de 7 minutos. Roger Waters reflexiona acerca de las vicisitudes de la vida moderna, el inevitable paso del tiempo, el hastío, el estrés laboral y el ansiado regreso a casa para descansar de todo. Contiene un reprise de ‘Breathe’ en la parte final, una introducción con sintetizador denso, timbrazos de reloj y el famoso solo de guitarra cortesía de David Gilmour.

4.- The Great Gig in the Sky: el cierre del lado 1 es una semi instrumental compuesta por Richard Wright sobre una secuencia de acordes modales de jazz. En palabras del tecladista la mayor parte de la pieza es improvisada, salió en las primeras tomas y el genial aporte de Clare Torry en el coro también fue espontáneo. Una joya.

5.- Money: el lado B comienza con una grabación de caja registradora editada al estilo de la música concreta en 7/8 para que coincidiera con el compás de la canción. La voz de David Gilmour canta con reverberación una letra sardónica acerca de las excentricidades de un millonario, algo que los integrantes de Pink Floyd todavía no eran en 1973. El wah wah suaviza el tono antes del intenso drama emanado de la Stratocaster de David en otro solo épico que consagra a la rola como una de las grandes maravillas del Classic rock.

6.- Us and Them: como todas las piezas están unidas como si fuera un mismo track (dos en casete o LP) para darle un sentido homogéneo a la propuesta, los primeros segundos de esta canción comienzan en el ‘fade out’ de Money. Entra el órgano Hammond de Richard Wright indicando el patrón armónico a seguir. A él se unen la batería semi lenta de Nick Mason, el bajo pulsante de Roger Waters y la guitarra arpegiada de David Gilmour. La letra es otro análisis sobre la condición humana, uno de los temas predilectos de Waters. Refiere a la guerra y al motivo de cualquier conflicto bélico “¿para qué peleamos si tanto ellos como nosotros somos hombres ordinarios”. Consagra el disco.

7.- Any Colour You Like: tercer corte instrumental, el más representativo de lo que los periodistas musicales bautizaron como rock progresivo. Hay solos de sintetizador y de guitarra, además del usual “scat singing” de Gilmour en concierto. Dura 3 minutos y 24 segundos, aunque en directo se convertía en un jammin’ que sobrepasaba los 7 minutos. Recomiendo la versión de Wembley ’74.

8.- Brain Damage: aquí el pensamiento reflexivo social deriva en locura, tópico que interesó a la banda a partir de que su fundador Syd Barrett perdiera la razón a causa de la esquizofrenia y las drogas en exceso. El protagonista es un lunático que rememora tiempos mejores, sus compañeros de grupo lo recuerdan con nostalgia y aceptan la separación. Armonía sencilla y el puente tiene un arreglo que enlaza el último track.

9.- Eclipse: el gran cierre tiene una progresión de acordes en cuatro barras, arpegios, una in crescendo casi imperceptible y la lírica hace una síntesis de la vida: “todo lo que toques, todo lo que veas, todo lo que sientas, todo lo que hagas, lo que compres, lo que comas, lo que digas… el presente, el futuro… todo lo que hay bajo el sol está afinado, pero el sol es eclipsado por la luna”. Interpreto esto así: podemos disfrutar de la vida todo lo que queramos, pero al final la muerte impondrá su ley. Al escucharla por primera vez sentí un ‘trancazo’ emocional porque se trata de una gran verdad. Es una genialidad que culmina con latidos del corazón (otra vez) y la charla de unos hombres (presuntamente amigos de Waters) que hablan acerca de sus sensaciones, incorporando a la charla, por supuesto, a la locura. Cheers.

Ficha:

Pink Floyd. The Dark Side of the Moon. EMI/Harvest, 1973.

 

Escribió: Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, México, 26 de octubre de 2018)

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Tough Guy Boogie

They hide it in the mornin’

They show it at night

And if somebody’s burnin’

We may all feel alright

 

Chorus:

Now, if anyone does care

I think I’m going down

Although it seems not fair

I might even leave town

Then my baby comes to me and says:

“Please, don’t get tough on me”

Somebody please, keep me posted

‘cause I’m not comin’ back

I’m getting sad and roasted

I think everything is black

 

Chorus (x2):

Now, if anyone does care

I think I’m going down

Although it seems not fair

I might even leave town

Then my baby comes to me and says:

“Please, don’t get tough on me”

 

Escribió: Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, México, 8 de febrero de 2018)

 

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Still Together

Love you more than anything

Won’t you run away with me?

All this time we’ve been apart

No man could steal your heart

We’re still together, mmm.

We’re still together.

We’re still together, mmm.

We’re still together.

Love you more than anything

Won’t you fly away with me?

I know you feel the same way

So, let’s begin no more delay

We’re still together, mmm.

We’re still together.

We’re still together, mmm.

We’re still together.

 

We’re still together, mmm.

We’re still together.

We’re still together, mmm.

We’re still together.

 

Escribió: Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, México, 2 de agosto de 2018)

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Reseña del libro La Arqueología del saber de Michel Foucault

Michel Foucault (Paris, 1926-1984) estudió filosofía y psicología en la École Normale Supérieure de París. Su trabajo desafiaba la obra de gente como Karl Marx y Sigmund Freud; en cambio era seguidor de Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Arrojó nueva luz en temas como la enfermedad mental, la policía, la Historia y la sexualidad. En la década de los sesenta dirigió el departamento de filosofía en las Universidades de Clermont-Ferrand y Vincennes. En 1970 le fue conferido el título de profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento en el prestigioso Collège de France. Su reputación creció gracias a las conferencias y cursos que dio por varias partes del mundo. Entre sus obras principales están Las palabras y las cosas (1966), Locura y civilización (1960), La arqueología del saber (1969) y Vigilar y Castigar: nacimiento de la prisión (1975)[1].

El libro que voy a reseñar es La arqueología del saber. En dicho texto Foucault habla de la tendencia que existía entonces por parte de los historiadores por ubicar los acontecimientos en el modelo de larga duración incorporando elementos tan diversos como la sociología, la economía, la demografía y hasta los cambios climáticos. La historia lineal dejaría su lugar a una investigación más profunda y con nuevas aristas. Para Foucault es un hecho que el análisis debe hacerse considerando varios niveles y “cada uno tiene sus rupturas específicas, cada uno comporta un despiezo que sólo a él pertenece”[2].

Foucault señala la importancia que tienen aquellas pequeñas historias que de alguna manera han quedado fuera del discurso oficial, propone hacer la historia de la sequía, de la agricultura, del mar, de la locura y encara las posibles objeciones, como la de saber si hay o no vínculos entre ellas o el valor que supondrían tener respecto al conocimiento en general. “Foucault afirma que hay que voltear hacia los grandes zócalos inmóviles y mudos…”[3]. La justificación viene si se contempla un sistema de relaciones entre una y otra, la periodización y el establecimiento de series.

El historiador contemporáneo ha generado nuevas ideas y ha incorporado otras disciplinas como la filosofía y la literatura dentro de su metodología. Además, ha tomado en cuenta las rupturas en la historia, las pausas que modifican el curso de las épocas y desvían el proceso hacia un tiempo novel en el que quizá se requiera delimitar espacios para proseguir con el conocimiento. Una forma de hacerlo es con el tiempo sincrónico, de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante (las cursivas son mías). “Con relación al eje de referencia es posible recorrer el tiempo en las dos direcciones, desde el pasado hacia el presente y desde el presente hacia el pasado”[4]Aunque también es factible estudiar un hecho de forma diacrónica, atendiendo a una etapa o evento específico de la Historia (las cursivas son mías) como, por ejemplo, para estudiar la guerra de Vietnam. Pueden indagarse varios aspectos alrededor de tal hecho, las causas, la controversia, los protagonistas y los sucesos acontecidos durante el tiempo que duró el conflicto.

Para este señor, el pasado puede considerarse pluralmente, con numerosas jerarquías y encadenamientos que irán cambiando según se modifique la percepción desde el presente. La historia debe adaptarse al orden actual, debe admitir transformaciones constantes, rompimientos consigo misma. El problema de la continuidad en el análisis teórico es la ubicación de límites y recortes en su elaboración. Por eso Foucault sugiere cuidar muy bien el uso de los conceptos que permiten pensar en una discontinuidad, tales como mutación, corte, ruptura y transformación[5]. Ciencias como epistemología, filosofía y literatura favorecen la localización de puntos de ruptura debido a la multiplicidad de temáticas que manejan y el tiempo que le dedican a la comprensión de cada una. La historia que abraza una panorámica general procura ignorar los acontecimientos pequeños (las cursivas son mías) en pro de una estructura firme. Por eso es que Foucault “pide a los nuevos historiadores que se ocupen en pensar la discontinuidad, que complementen sus descripciones de las continuidades homogéneas con la presencia de fenómenos de ruptura, y que consideren los rompimientos, las mutaciones y las transformaciones”[6].

Tomando en cuenta las rupturas en la historia y los procesos de larga duración, la bronca es la construcción de series y límites entre ellas. Para lograrlo Foucault propone distinguir la duración de cada evento pues habrá unos que sean breves (accidentes), otros medianos (la perfección de una técnica) y otros lentos (equilibrio demográfico). Lo que sigue es una “individualización de series diferentes, que se yuxtaponen, se suceden, se encabalgan y se entrecruzan, sin que se les pueda reducir a un esquema lineal”[7]. Aunque claro, eso no quiere decir que no habrá orden y coherencia (las cursivas son mías) en este nuevo discurso.

La discontinuidad delimita el campo de estudio, permite las comparaciones y finalmente es el punto de partida del historiador, pues al escoger un tema de investigación ocurrido en una determinada era se está recurriendo a la ruptura (las cursivas son mías). El historiador provoca la discontinuidad de forma deliberada cuando aísla los niveles de análisis que le interesa destacar[8]. Con esta obra Foucault disecciona el oficio de historiador con precisión quirúrgica y sin apologías. Cheers.

 

Escribió: Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, México, 4 de julio de 2009 y 13 de julio de 2018).

[1] —, “Michel Foucault” (1926-1984), en http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1722, 9 de mayo de 2009.
[2] Michel Foucault, La arqueología del saber, Siglo XXI, México, 2006, p. 4.
[3] Sonia Corcuera de Mancera, “El historiador del presente”, en Voces y silencios en la historia, Siglos XIX y XX, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, p. 212.
[4] Paul Ricoeur, “Entre el tiempo vivido y el tiempo universal: el tiempo histórico”, en Tiempo y narración III: El tiempo narrado, Siglo XXI, México, 2004, p. 787.
[5] Michel Foucault, Op. Cit., p. 8.
[6] Sonia Corcuera de Mancera, “El historiador del presente”, en Op. Cit., p. 213.
[7] Michel Foucault, Op. Cit., p. 12.
[8] Sonia Corcuera de Mancera, “El historiador del presente”, en Op. Cit., p. 215.

 

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A los que atacan al futbol sin tener fundamentos

He visto algunas publicaciones (en Facebook y YouTube, principalmente) en las que dicen que si “los mexicanos nos preocupáramos más por la educación o la política que por el futbol, el país estaría mejor”. Quiero puntualizar algunas cosas.

-El problema de la educación en México es más viejo que la afición al futbol profesional y mucho más antiguo que la ultracomercialización del deporte Rey.
-La apatía de los mexicanos hacia temas de interés común (economía, salud, educación, política) no se va a quitar simplemente por no ver los partidos de la selección mexicana. Léase: “Vida líquida” de Zygmunt Bauman, “El fracaso de la Educación en México” de Rius y “La cultura es nuestro negocio” de Marshall McLuhan. 


-Respecto a lo anterior, tanto la atención al fut como los ataques a este aumentan cuando hay mundial o competición de selecciones nacionales. El resto del tiempo ni los haters ni los aficionados de ocasión pelan los deportes, solo van con la borregada y se dejan llevar por la euforia. Cf. La compilación de Samuel Martínez “Futbol, Cultura y Sociedad”, “Deporte y ocio en el proceso de la civilización” de Norbert Elias y Eric Dunning y “Dios es redondo” de Juan Villoro.
-El único “pecado” del futbol es su popularidad. Probablemente en India haya haters contra el Cricket que vomiten sus consignas por la red y llamando “idiotas” a los que ven ese deporte. Aguántense, ya mero se acaba esto. En cuanto México quede eliminado pueden pedir “refuerzos” a los aficionados de ocasión para que les ayuden a evitar la privatización del agua de horchata. Cheers.

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Reseña del álbum Caifanes ‘El Silencio’ (RCA/Sony 1992)

Buen día. En esta ocasión quisiera comentar el disco de Caifanes llamado ‘El Silencio’, lanzado por RCA/Sony el 29 de mayo de 1992. La música de la banda mexicana de rock que tomó el nombre de una película de 1966 iba en ascenso en cuanto a categoría, y la cohesión entre sus integrantes era el ingrediente favorable para ello… al menos en apariencia. En palabras de Saúl Hernández la decadencia de Caifanes se estaba gestando desde la grabación de ‘El Silencio’, pero ni él ni sus compañeros parecían darse cuenta.

La producción de Adrian Belew fue impecable, respetó la esencia de las canciones, pero con su experiencia y pericia logró que sonaran mejor. En la década de los 90’s el ex integrante de King Crimson se dedicó a realizar los trabajos discográficos de varios grupos, entre ellos los mexicanos Caifanes y Santa Sabina (en el disco ‘Símbolos’ de 1994), antes de reintegrarse a la agrupación liderada por Robert Fripp en 1995.

De Caifanes se han escrito muchas páginas acerca de la salida de Sabo Romo, Diego Herrera y de la pelea de Alejandro Marcovich con Saúl Hernández porque siempre habrá morbosos que prefieran atestiguar el ocaso de personas exitosas, olvidando el propósito esencial y causa de su fama. En el caso de Caifanes hay quienes pasan por alto el hecho de que eran grandes músicos, yo diría que en varias de sus composiciones logran la creatividad y el virtuosismo de cualquier artista o grupo del mainstream internacional.

El salto de calidad entre cada grabación del grupo de Caifanes (1988) a Caifanes II o El Diablito (1990), y de este a El Silencio (1992) es notable. Vuelvo a reiterar que mucho tuvo que ver la producción de Adrian Belew para que la tercera entrega de la banda fuera tan exitosa entre fans y críticos. Desde que el primer sencillo ‘Nubes’ comenzó a sonar en la radio en la primavera del ’92, la expectativa por la nueva obra de “Los caifas” crecía con el correr de las semanas previas a la publicación del disco.

El trabajo individual de cada integrante tiene espacios para brillar, destacando al bajista Sabo Romo en “Metamorféame”, “Vamos a hacer un silencio” y “Miércoles de Ceniza”; la batería de Alfonso André en “Piedra”, “Debajo de tu piel” y “Tortuga”; la voz de Saúl Hernández en “El Comunicador”, “No dejes que…”, y “Hasta morir”; el teclado de Diego Herrera en “Debajo de tu piel” y “Para que no digas que no pienso en ti”, y la guitarra de Alejandro Marcovich en “Nos vamos juntos”, “Miércoles de Ceniza”, “Vamos a hacer un silencio”, “Metamorféame” y “Nubes”.

La unión de cinco voluntades dio como resultado uno de los registros fonográficos sobresalientes de aquel año y uno de los mejores discos de la historia del rock mexicano. Después de la gira promocional que terminó en 1993 sobrevino la debacle que tras pleitos en los que Alfonso André fungió como mediador, culminó con la salida de Diego y Sabo. La relación personal entre Marcovich y Hernández nunca había sido óptima. A nivel profesional siempre encontraron puntos de encuentro que rayaban en lo genial. A partir de ese momento y después de que Saúl sentenciara la situación con sus letras (“Vamos a hacer un silencio”, “Nos vamos juntos”, “No dejes que…”), la vida de Caifanes tenía los días contados.

Aunque les alcanzó para un disco más, El nervio del volcán (1994), ya como un trío en el que Saúl y Alejandro se soportaban cada vez menos. Alfonso solo veía como el castillo se caía a pedazos, al tiempo que la disputa por el nombre, dividido en tres partes iguales, puso fin a esa aventura llamada Caifanes. En 1996 Saúl, con la garganta destrozada y el honor apaleado, formó Jaguares junto a Alfonso André y José Manuel Aguilera, guitarrista que tocó en la última gira de Caifanes en 1995 cuando Marcovich abandonó el barco. La leyenda había comenzado. Cheers.

Ficha: Caifanes. El Silencio. RCA/Sony, 1992.

Escribió: Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, México, 19 de junio de 2018)

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