Análisis del documento “La Educación entre los aztecas”

     El texto de Francisco Larroyo presenta las justificaciones pertinentes de fuentes consultadas tanto precolombinas como pos-colombinas, esto permite que la interpretación atienda los aspectos histórico y social del tema tratado. El factor principal de la educación entre los aztecas es la conservación de las tradiciones por medio de bienes culturales como costumbres, religión, lengua y conocimiento de generación en generación. Según el autor este proceso contiene tres fases: un punto de partida, un punto de llegada y el bien cultural. “El ideal educativo reside en mantener los usos y costumbres del pasado”[1] sintetiza Larroyo. Apunto que la realidad de la cultura azteca en su momento de esplendor les orillaba a cultivar en las nuevas generaciones el amor por su gente y su modo de vida, para ello era necesario que cada niño y niña tuviera un destino diseñado desde la cuna: soldado, criado, mujer de hogar que forma una familia.Educacion-azteca

En el aspecto doméstico el padre se encargaba de educar al niño y la madre hacía lo propio con la niña, la tendencia era bélico-religiosa y cada infante permanecía en casa hasta los catorce años cuando era trasladado a alguna institución pública, el Calmécac y el Telpochcalli. Destaca la separación por clase social ya que en el primer sitio asistían los hijos de nobles y en el segundo llegaban los de clase media. “Era un medio eficaz para perpetuar las diferencias de las clases sociales”[2]. Notable en este caso la organización política de los mexicas.

En el Calmécac la formación era religiosa y funcionaba como internado, la duración del curso era de quince años con tres grados distintos. En el primero el estudiante alcanzaba el grado de tlamacazto (monaguillo), en el segundo era tlamecaztli (diácono) y en el último algunos llegaban a ser tlamacac que significa sacerdote. En la parte intelectual eran instruidos en religión, en la interpretación de jeroglíficos, la medición del tiempo, historia, algo de operaciones aritméticas, astronomía y a distinguir plantas y animales. La disciplina era muy rígida ya que dormían en lecho duro y  recibían castigos severos. Las mujeres asistían al Calmécac femenino donde las doncellas permanecían hasta que se casaban.mujer-azteca

La escuela de guerra o Tepochcalli fungía como institución que preparaba a los futuros soldados. Les enseñaban a labrar la tierra y a sostenerse con las ganancias de la misma, en cuanto a conocimiento solo recibían instrucción religiosa. Lo concreto era mostrarles el arte de la guerra y les enseñaban a manejar la macana y el arco. No obstante “la verdadera instrucción militar se adquiría cuando se habituaba al joven a resistir hambre, sed y fatiga; frío, humedad y lluvia”[3], debían aprender a burlar al enemigo para derrotarlo en el campo de batalla. Había tres grados en el Telpochcalli: instructor (tiacah), jefe de instructores (telpuchtlato) y director (tlacatecatl).

En la sociedad azteca también se procuraba la práctica de juegos y deportes como punto importante en la educación. Los jóvenes hacían ejercicio para mejorar su coordinación y como medio de socialización. Entre los juegos más conocidos están las carreras, el cocoyocpactolli o juego del hoyito, el teocuahpatlanque o juego de los voladores que volaban alrededor de los árboles, las chichinadas, parecido al juego de canicas y el famoso juego de pelota que consistía en pasar una pelota por dos aros de entre 10 y 15 centímetros golpeándola con la rodilla o la cadera, no se usaba la mano. El autor no especifica si estos juegos eran practicados por la gente en general o si también incluían división de clases.

En cuanto a la estética y el arte existía una escuela de Danza y Música (Cuicacalco) en donde además se promovía el canto, la poesía y la oratoria. Asistían jóvenes de ambos sexos. Aquí si queda claro que los hijos de la élite eran los beneficiados con esta opción educativa. Larroyo documenta que en los estratos superiores se accedía a la alta cultura y a conocimiento de la medida del tiempo, geografía, aleación de metales, botánica, zoología, astronomía y medicina rudimentaria. Aquí encontramos que en algunos aspectos superaban a los conquistadores españoles y la similitud con algunas disciplinas en las que destacaron los griegos.Calmecatl

El registro histórico y de genealogía de gobernantes y miembros de la nobleza corría a cargo de los escribientes. También se encargaban de organizar “las pinturas que  representaban los planos, términos, límites y mojoneras de provincias, ciudades, distritos y pueblos”[4], además del ordenamiento de tierras y sus respectivos dueños. Otro escribiente inscribía las leyes, ceremonias y ritos religiosos, así como el calendario. Larroyo explica que filósofos se encargaban de crear códices donde quedara asentado el conjunto de conocimientos científicos que los aztecas lograron.

El escrito nos indica que la organización de los aztecas en varios aspectos (educativo, político, científico, económico) no tenía nada que envidiarle al modo de vida europeo-occidental. El hecho de que los españoles catalogaran a los indígenas mesoamericanos como “salvajes”, “incultos” e “incivilizados” tiene que ver con tres aspectos esenciales: la religión, la vestimenta y el idioma. Los aztecas y demás etnias del nuevo mundo no hablaban español, eran politeístas y vestían diferente a los ibéricos. De allí parte una tendencia discriminatoria basada en el prejuicio que se extendió desde la época de los primeros exploradores y conquistadores desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX. Hoy día seguimos viviendo en un mundo de colonizadores y colonizados simplemente porque la polaridad eterna entre pobres y ricos así lo permite. Los aztecas preservaron sus costumbres a través de la educación, mantuvieron su esencia por muchos años hasta que fueron conquistados por los europeos que dispersaron su ideal de vida en la América pos colombina.

Escrito por Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, México a 1 de mayo de 2013)


[1] Francisco Larroyo, Historia comparada de la educación en México, México, Porrúa, 1970, p. 69.

[2] Ibídem, p. 70.

[3] Ibídem, p. 71.

[4] Ibídem, p. 75.

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