Metodología del libro ‘Apología para la historia o el oficio de historiador’

Esta obra [1] fue publicada de manera póstuma ya que Marc Bloch no pudo terminarla porque fue fusilado en 1944 por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. La concreción del texto había sido hecha por Lucien Febvre pero la edición que he revisado fue elaborada por Étienne Bloch, hijo del cofundador de la revista Annales. Dividiré el análisis del libro de acuerdo a los cuatro capítulos que lo componen: La historia, los hombres y el tiempo, La observación histórica, La crítica y El Análisis Histórico.

La historia, los hombres y el tiempo

Para Bloch es indispensable que el historiador se muestre vigilante ante los acontecimientos de su entorno pues de no hacerlo la Historia correría el riesgo de caer en el descrédito y desaparecer de la civilización[2]. En el tiempo en que el autor escribió el texto la Historia luchaba por adquirir la calidad de ciencia. Bloch llama al análisis constante por parte de los historiadores.

La historia posee cualidades estéticas únicas para Bloch porque considera fascinante el hecho de que las actividades humanas sean el objeto de su estudio. Aunado a ello pensaba que la ciencia histórica debe divertir a quien se dedica a ella porque antes de buscar el conocimiento debe permear el mero gusto de hacerlo. Es una característica atrayente pero también hay que aplicar un sentido crítico de los sucesos tratados, así como la hermenéutica propia de quien los revisa. Por ejemplo en la frase “…la cuestión no es saber si Jesús fue crucificado y después resucitó. Lo que ahora hay que entender es por qué tantos hombres a nuestro alrededor creen en la crucifixión y en la resurrección”[3]. El  asunto primordial es la relevancia que tienen los preceptos cristianos en este momento en particular. Aquí aplicaría la dualidad del método analítico-sintético para comprender el hecho, reflexionar sobre el mismo y obtener el punto nodal que en esta ocasión es la fe de los humanos en la figura de Jesús y la influencia que tiene sobre sus vidas. Sin dejar de considerar que las condiciones humanas han cambiado de forma rápida y drástica de generación en generación[4].

La observación histórica

Es menester la noción de que para el historiador no es posible constatar por si mismo los hechos históricos, razón por la cual recurre a los testigos, a la información vertida en los periódicos o más sucintamente, a los documentos: cartas, grabaciones, fotografías, actas. Esta peculiaridad contrasta con el presente ya que el conocimiento del pasado es irremediablemente indirecto[5]. Si se quiere averiguar sobre las incidencias de una batalla militar es recomendable la revisión de los informes de los oficiales. Aunque no hay que olvidarse que “…en la historia, así como no hay autoridades propiamente dichas, no hay tampoco datos propiamente dichos”[6]. Un llamado a la prudencia en el manejo de la información pero también a la perspicacia del historiador para localizar datos en fuentes no necesariamente escritas.apología

El investigador no debe conformarse con su propio testimonio sino que debe incrustar en su trabajo la mirada alterna, el legado de otros en forma de opinión o de estadística, sobre todo cuando se trata un punto cada vez más lejano en el tiempo. “Todo conocimiento de la humanidad en el tiempo, independientemente de su aplicación, sacará siempre de los testimonios de otros gran parte de su sustancia”[7]. La distancia temporal entre el objeto de estudio y el investigador se ve reducida gracias a los vestigios documentales.

Siguiendo con este rubro el autor dice que la manera para conocer los acontecimientos humanos en el pasado y en el presente debe hacerse siguiendo huellas y pistas. Un relato escrito, una expresión de la época, huesos humanos, vestimenta. Los documentos son huellas y marcas de fenómenos que nuestros sentidos no perciben y no son capaces de captarse en sí mismos[8]. El historiador obtiene lo que busca en un ejercicio sensorial-mental, para Bloch “los hechos históricos son en esencia hechos psicológicos. De manera que es en otros hechos psicológicos donde normalmente encuentran sus antecedentes”[9]. De ahí la idea de la derivación de fenómenos que provocan por si solos la aparición de huellas.

La crítica

En este apartado Bloch aborda el método crítico. Así como la investigación puede arrojar resultados convincentes estos no dejan de ser susceptibles de error o falsificación. Lo complicado es detectarlos, mas una vez que eso ocurre entra la duda, aunque no por ello hay que caer en extremos, ni en escepticismo ni en  credulidad[10]. No obstante esa duda ayudó al jesuita Von Papebroek a encontrar diplomas falsos en los monasterios de la Edad Media.

También se ha dado el caso de que el historiador trabaja con un documento tan arduamente que no siempre tiene el estoicismo necesario para criticar sus afirmaciones[11]. Bloch sugiere ir en contra del error y de la mentira y una vez que este sea descubierto lo que sigue es encontrar los motivos de su existencia para desenmascararlo y para evitar su resistencia al análisis[12] y a la crítica.

La crítica de testimonios y documentos es un arte y en ocasiones requiere del método comparativo como cuando se habla de una civilización desaparecida y se equipara con la presente. En teoría, tendríamos menos problemas para explicar la actual por la abundancia de elementos frescos que tenemos al alcance de la mano pero si de la otra contamos con que un solo objeto ha subsistido al paso del tiempo y no está relacionado con sedimentos geológicos que ayudasen a fecharlo. Aquí habría que aplicar el método cronológico, específicamente un sincronismo que reflexionara sobre coyunturas estructurales, hábitos y costumbres acaecidas entre la época de una cultura y la de la otra.

Así pues, la crítica deberá desenvolverse en dos bandos: entre la similitud que justifica y la que desacredita[13]. El método crítico es el “termómetro” que calcula y mide los alcances de las revelaciones documentales, debe utilizarse para solidificar los argumentos planteados en un texto pero no debe abusarse del mismo y caer en un escepticismo cegador que confunda, limite e impida la muestra de un hecho histórico a los lectores y colegas.

El análisis histórico

Bloch habla de la incertidumbre y la ubica en el historiador y en su lector mas no en los hechos referidos. ¿Cómo saber si lo que pretendemos comunicar tiene algo de cierto? Para ello recurriríamos al método deductivo-inductivo. Un ejemplo: si quisiéramos saber que enfermedades eran causa de mortalidad en Inglaterra a principios del siglo XX. Podríamos prever que entonces había males incurables como la tuberculosis y si queremos inducir al lector a que nos crea que dicho malestar provocó la muerte de varias personas sin mencionar otras que quizás pudieron afectar de igual o mayor forma, estaríamos discriminando fuentes y persuadiendo a quien leyera nuestro texto a creer nuestra “verdad”. El historiador intuye, deduce y concluye una vez que tiene la información suficiente para sustentar su tesis.

En lo que respecta al tiempo, la herramienta fundamental de quienes hacen historia. Bloch afirma que el historiador trabaja con el tiempo y no se sale de él. Es allí donde estudia los fenómenos de su interés “que atraviesan, de un extremo a otro, la duración, y a veces el momento humano en el que esas corrientes se juntan en el poderoso nudo de las conciencias”[14]. Es crucial que el historiador se envuelva en el periodo que estudia, debe familiarizarse con expresiones, conceptos y entorno del suceso que pretende explicar[15]; además debe describir y reconstruir el pasado histórico y transportarlo al tiempo presente para otorgarle sentido de acuerdo a la naturaleza del fenómeno tratado. Pensar la historia usando el presente como testimonio de su propio pasado[16].

Una característica de la Historia es que no emplea un sistema de símbolos como la química o las matemáticas, no hay códigos concretos en la metodología histórica pero en cambio utiliza las palabras, generalmente en el idioma de su país de origen. Y cuando encuentra datos o personas que hablan una lengua muerta o extranjera tiene que traducir[17]. Otro rasgo importante es que los testimonios escritos ayudan a conocer mejor una sociedad. El lenguaje es la llave que abre la investigación histórica y entre más se comprende, mejor es el proceso dialógico entre historiador y objeto de estudio.

Conclusión

A la historia hay que hacerle preguntas y para responderlas es necesaria la investigación, ya que “…ni en la historia, ni en ninguna otra ciencia las causas se presuponen, se buscan”[18]. La metodología es de gran auxilio para ello, es “una serie de preceptos que hay que respetar no para conocer el objeto sino para ser reconocido como conocedor del objeto”[19]. Es la batuta de cualquier investigación, y aunque a veces no lo percibimos, la tendencia a una metodología es inevitable en los textos que elaboramos.

Bloch le llama “apología”, una disculpa de un historiador al mundo para hacer comprensible el oficio historiográfico y dejar en claro su valor disciplinar. En lo personal me sirvió de apoyo emocional y académico, comprendí que no soy el único que se confunde y principalmente me hizo entender que dedicarse a la Historia no es algo sencillo pero mientras me sienta emocionado por desarrollar un tema, elaborar una hipótesis  o escribir un ensayo, sabré que el camino que elegí no ha perdido la esencia que me atrajo a recorrerlo.

 

Bibliografía

 

Bloch, Marc. Apología para la historia o el oficio de historiador, Fondo de Cultura Económica, México, 2006.

Bourdieu, Pierre. Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI, México, 2007.

Collingwood, Robin G. Idea de la Historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1974.

Moradiellos, Enrique. El oficio del historiador, Siglo XXI, México, 1998.


[1] Marc Bloch. Apología para la historia o el oficio de historiador, Fondo de Cultura Económica, México, 2006.

[2] Ídem, p. 13.

[3] Ídem, p. 62.

[4] Ídem, p. 66.

[5] Ídem, p. 75.

[6] Robin. G. Collingwood. Idea de la Historia, Fondo de Cultura Económica, México, 1974, p. 236.

[7] Bloch. Op. Cit., p. 76.

[8] Ídem, p, 79.

[9] Ídem, p. 176.

[10] Ídem, p. 97.

[11] Ídem, p. 106.

[12] Ídem, p. 107.

[13] Ídem, p. 124.

[14] Ibídem, p. 151.

[15] Enrique Moradiellos. El oficio del historiador, Siglo XXI, México, 1998, pp. 8-9.

[16] Collingwood, Op. Cit., p. 240.

[17] Bloch. Op. Cit., p. 155.

[18] Idem, p. 179.

[19] Pierre Bourdieu. Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI, México, 2007, p. 62.

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Observador miope
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