Capitalismo Agrario en Argentina (1870-1930)

Reformas liberales en América Latina en el siglo XIX: el caso de Argentina

La corriente del liberalismo sirvió de base a los movimientos independentistas del siglo XIX en países hispanoamericanos. A pesar de que se intentó que los gobiernos fueran guiados por esta ideología, no resultó del todo adecuado toda vez que era entendida por una élite, dejando de lado a las mayorías, las cuales vivían en un claro desorden social. El liberalismo pugnaba por el reconocimiento de la libertad del ser humano y por la reducción de la participación del Estado en política pública.

El liberalismo sirvió en gran medida para impulsar a Latinoamérica al mercado económico mundial, marcó la pauta en la organización estatal al tomar el modelo republicano con una constitución política reguladora y la reducción del poder eclesiástico, además de pretender la unión de Latinoamérica. No obstante, “el liberalismo se convierte en un mito unificador contra el orden colonial y constituye la emancipación espiritual de América”[1].  Más tarde llegarían otras líneas intelectuales que influirían en la situación latinoamericana, tales como el socialismo, el positivismo y el marxismo.

En 1812 durante el movimiento de independencia en Argentina, José de San Martín “apoyaba la creación de una monarquía liberal como forma de mantener la paz y gobernar”[2]. Era un comienzo, aunque aún faltaba mucho por hacer. En la última década del siglo XIX, la tendencia en Argentina era el rechazo a la dependencia del extranjero a favor de cierta autonomía, o mejor dicho, de un crecimiento económico autóctono. No obstante, dicha expansión había sido beneficiada por el intercambio que había con países desarrollados (Inglaterra, Francia) que adquirían materias primas en América Latina[3].

Hacia 1845 el objetivo de liberales como Alberti y Sarmiento era el problema de escasez de población, sobre todo al norte del país y la falta de educación de la ya existente. Fue por eso que en la constitución de 1853 se planteó la creación de instituciones liberales que lograran acercar capital, población e industria[4]. La carta magna optó por la implantación del nuevo poder secular de corte centralista que se encargara de llevar a cabo las metas planteadas, entre ellas la vigilancia de libertad civil y económica.

La idea de Sarmiento era la repartición de tierra a precios módicos entre los 100,000 habitantes de la provincia de Buenos Aires habían sido elaboradas varias leyes sobre el repartimiento desde 1853 durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Las tierras públicas habían sido puestas a la venta con la intención de poblar la pampa. Los arrendatarios tenían prioridad de compra al precio de $ 400, 000 por legua cuadrada al norte y $ 200, 000 al sur. Pocas personas adquirieron terrenos arrendados con esta oferta; con la ley de venta de tierras públicas de 1871 el total de la tierra vendida fue de 3, 807, 852 has entre 438 personas[5]. También hubo donaciones y reparto de tierra como premio militar a quienes habían participado en la lucha contra indios y en la Revolución del Sur de 1839. “En general las donaciones se basaron en leyes que intentaban promover el asentamiento de población en lugares frontera, pero terminaron siendo la mayoría de los casos objeto de especulación”[6], así como también de la formación de latifundios.

El sector burgués terrateniente obtuvo tierra perteneciente al Estado de forma gratuita, aunque más tarde debió pagar una fuerte cantidad por ella. A partir de la época de Sarmiento (1870’s) se consagró el proceso de colonización no con el impulso al capitalismo sino incrementando el área propia de los terratenientes; además de la práctica de la llamada “Conquista del Desierto” o genocidio de indios. La oligarquía requería concentrar más tierras y procedía a liquidar una porción mayor de indígenas[7].

Para 1880 la oposición a esta forma de gobierno había crecido pues “el poder político quedó concentrado en grupos relativamente reducidos”[8], como por ejemplo los aristócratas y oligarcas terratenientes[9]. Eduardo Zimmerman cita a W. Haggard, quien a su vez decía que para aquella época –finales del siglo XIX- el desarrollo económico era tan creciente y palpable que la gente estaba más ocupada en hacer dinero que en la acción política[10]. Había iniciado el periodo de modernización y se hacía necesaria la renovación de asuntos como la seguridad social, la inmigración, los sindicatos y las condiciones laborales.

Los conservadores reaccionaron con un golpe de estado en 1930. La ideología del grupo opositor era el nacionalismo, reacción contra la situación liberal y progresista hasta entonces existente en la Argentina. La toma del poder por parte de militaristas le devolvió al estado un rol protagónico en la economía pues fueron creados un Banco Central, una junta encargada de la agricultura, aumentaron los impuestos en la importación y la política fiscal cobró fuerza[11]. Lo anterior como consecuencia de la crisis financiera mundial de los años treinta. También fue reavivada la relación con la Gran Bretaña, situación que no fue bien vista por muchos argentinos, entre los que estaba Juan Domingo Perón, quien llegaría al poder en 1943 a través de un nuevo golpe militar.

Argentina en el mercado mundial capitalista (1890-1930)[12]

A principios del siglo XX, Argentina había entrado en una fase de crecimiento económico notable lograda en parte gracias a la tendencia liberal del comercio, modelo contrastante con la sustitución de importaciones efectuada por los gobernantes de tres décadas más tarde. Sin embargo, hubo un retroceso en el periodo 1910-1920 cuando la política empleada “no se adaptó al lugar que ocupaba Argentina como economía basada en las exportaciones y dependiente del exterior en un mundo que ya no se inclinaba favorablemente al comercio y las finanzas internacionales”[13]. Argentina quería pertenecer al grupo de naciones con mayor índice de desarrollo, sin conseguirlo realmente.

En la Primera Guerra Mundial ocurrió el fin de lo que se conoció como Belle Époque, “las tasas de acumulación y de crecimiento económico descendieron espectacularmente”[14]. El retraso era palpable y se optó por sustituir la importación de productos y se adoptaron medidas estructuralistas al bloquear la formación de capital con variaciones en precios y tipos de cambio. Argentina pertenecía al bloque con economía de colonizadores que también integraban Canadá y Australia, es decir, países con los que Inglaterra tenía intereses comerciales.historia-del-capitalismo-agrario-pampeano

Los ingleses lideraban el sistema internacional financiero-comercial y el acuerdo establecido con el pueblo argentino consistió en la importación de materias primas. El capital británico tuvo las puertas abiertas favorecido por el patrón oro, estable en ese entonces (1890). En esta etapa de arribo de capital extranjero llegaron también emigrantes españoles e italianos. La razón principal fue que “los altos salarios de Argentina normalmente eran el doble o el triple de los que estaban vigentes en España e Italia en aquella época…”[15]. Entre 1890 y 1913 el índice demográfico en la Argentina se vio beneficiado con la inmigración masiva atraída por la oferta de trabajo. Otro dato importante es la abundancia de recursos, situación que fue regulada por el aumento de la población nativa al tiempo de las inmigraciones, y la acumulación de capital (de 3.3 millones en 1890 a 7.5 millones en 1913). Al  crecer la población fue posible ocupar la fuerza de trabajo necesaria para aprovechar los recursos.

Al término de la guerra en 1918 la situación cambió. El comercio exterior y el intercambio habían disminuido, el envío de bienes a través del Atlántico había sido interrumpido, Inglaterra dejó de emplear el patrón oro y fue el comienzo del declive imperialista británico, “el poder hegemónico de Gran Bretaña en los mercados de capitales quedó destruido, de hecho, como consecuencia de las enormes deudas contraídas durante la guerra…”[16]. Inició la era de los Estados Unidos, acreedor del mundo en la posguerra. La crisis se agudizaba en la Argentina y a mediados de 1920 se solicitaban préstamos a Europa (que realmente eran escasos) y a Nueva York, estos con las limitantes de tardanza en el trámite e intereses altos.

La ausencia de capital extranjero obligó a los argentinos a utilizar su débil capacidad de ahorro para autofinanciarse. Alan Taylor explica este fenómeno afirmando que “existía una estrecha y significativa relación entre las tasas de dependencia y las tasas de ahorro”[17]. Había una especie de nivelación. La consecuencia de lo anterior fue una baja en la tasa anual de crecimiento, pasó de 4.8 % en el periodo 1890-1913 a 2.2 % en 1913-1929. Una solución fue aportada nuevamente por la inmigración y el aumento poblacional, aunada a la recuperación en el mercado laboral mundial.

Régimen de explotación laboral en Argentina (1870-1930)

En este periodo comenzó el desarrollo económico argentino que derivaría en el ingreso al mercado mundial capitalista. En la región pampeana existía…

“la explotación de una clase de campesinos arrendatarios por parte de terratenientes feudales, quienes a su vez se habrían constituido en el principal freno al desarrollo de las fuerzas productivas y, por lo tanto, en obstáculo central a la construcción de un sistema capitalista”[18] (Sábato: 1987, 291).

El retraso argentino se debió en gran parte a la concentración de la propiedad de la tierra en unas cuantas manos. Los terratenientes impulsaban el capitalismo al mismo tiempo que constituían el principal obstáculo para el mismo al tener el monopolio de la tierra. No utilizaban mano de obra asalariada y obtenían la ganancia principal así como también “la captación de la renta diferencial que resulta de los bajos precios de producción de las exportaciones argentinas”[19]. Aparte se quedaban con el excedente de la producción, gracias a la fertilidad de la tierra. El interés principal era el control de la tierra, la posesión y la administración de sus propiedades más que integrarse al sistema capitalista.

No hubo reacción significativa contra la oligarquía terrateniente. El estado conservaba el burocratismo y las instituciones de corte colonial. Mención aparte merece el hecho de que ni los terratenientes tradicionales ni los campesinos conformaban un grupo social lo suficientemente fuerte para contrarrestar políticamente a los oligarcas. Incluso “los sectores terratenientes más atrasados… se transformaron en socios menores de las oligarquías que controlaron el proceso de desarrollo primario-exportador”[20] (Cavarozzi: 1978, 1331). Sin embargo las relaciones de producción en el sector agrario se vieron favorecidas por la entrada de capital extranjero, a pesar del asunto del monopolio de la tierra.

Una investigación de Alfredo Pucciarelli arrojó la propuesta de que “el desarrollo agrícola del país fue consecuencia de la expansión del arrendamiento en parcelas ubicadas en campos de grandes propietarios ganaderos…” (Sábato: 1987, 293). La contraposición a esta idea supone que los campesinos chacareros quedaban aislados al nivel de supervivencia mientras que los propietarios mantenían su hegemonía y aumentaban sus ganancias.

El sector agropecuario producía cereales y pasturas para las haciendas ganaderas, además de alfalfa y lino para el mercado interno. La ganadería otorgaba el sostén principal a la economía argentina a principios del siglo XX. Censos realizados entre 1908 y 1914 reflejaron que las unidades de producción en agricultura eran de 10 hectáreas y 100 hectáreas en ganadería. La mano de obra era de familias que vivían en hacienda a las que les era permitido tener parcelas pero eso no les alcanzaba para sostenerse. En proporciones capitalistas la unidad de producción era de 200 has en agricultura y entre 500 y 5000 has de extensión en estancias ganaderas. Las empresas que manejaban hectáreas para la agricultura eran independientes de la producción y explotación ganaderas.

Las parcelas familiares no tuvieron tanta influencia en el desarrollo agrícola debido a la alta renta que pagaban y por la dependencia de comerciantes, inversores y encargados de los medios de transporte como el ferrocarril. Los productores agrícolas de pequeña escala firmaban contratos de tres años con la estancia ganadera. Los primeros dos años cultivaban lino y cereales; ya para el tercero sembraban alfalfa. La intención de los ganaderos al incorporar estos empleados era mejorar la calidad de las pasturas que consumirían sus animales.

La ganadería estaba en los grandes latifundios y concentraba el 80% de la producción total. El otro 20% lo aportaban los pequeños productores. “El éxito de las explotaciones ganaderas estaba directamente asociado con su extensión, dado que la estrategia del capital… consistía en buscar la ampliación de la superficie explotada más que la profundización del proceso productivo” (Sábato: 1987, 295). Otro factor importante fue que al entrar en la dinámica del mercado mundial se adaptaban rápidamente a la demanda existente, lo que les hacía flexibles y facilitaba la exportación.

Fue así como se consolidó la burguesía terrateniente y ganadera argentina en los primeros años del siglo XX. Los beneficios obtenidos gracias a grandes extensiones de tierra, la renta que percibían de las mismas, así como la ganancia diferencial por la explotación ganadera y la relación con inversores extranjeros dieron sustento a esta forma de economía en aquel tiempo.

La formación del estado-nación

Este periodo puede entenderse sencillamente como el paso del feudalismo al capitalismo aunque en realidad es algo más complejo porque en Argentina continuaron las prácticas obsoletas de la Colonia en la administración del país luego de la naciente independencia. En América Latina el estado funcionó como síntesis de una sociedad heterogénea con diferencias ideológicas notables.

En Argentina la prematura efervescencia política permitió la formación de un estado que “heredó un esqueleto institucional más simple y descentralizado en función del tipo de control metropolitano” (Trindade: 1986, 140)[21]. Así mismo, el Virreinato del Río de la Plata surgió de forma tardía (1776) y el estado no fue constituido tan pronto acabó la independencia, situación muy común en otros países de América Latina en el siglo XIX. Otro problema era la ausencia de un poder central que regulara el destino del estado. El centro fue surgiendo a medida que la élite que controlaba al Estado iba cooptando a las élites periféricas buscando implantar una base política sólida.

“Tal proceso se encontró asociado fuertemente a la estructuración económica en la medida en que se generaron las condiciones materiales, en función del grado de concentración o distribución beneficios en el interior de las élites, que son indispensables para lograr la legitimación de un Estado con vocación nacional”[22].

Como he anotado, el liberalismo sirvió como inspiración para Argentina en la segunda mitad del siglo XIX. Las élites encargadas del gobierno estaban divididas en aquellos que preferían un centro organizador y quienes alentaban un federalismo similar al que había en los Estados Unidos. Esto provocó que no hubiera cohesión ideológica y estimuló la aparición del “caudillismo” y la posterior guerra civil entre los confederados periféricos y la élite centralista. El estado nacional pudo ser constituido una vez que fue disuelta la “Confederación argentina, cuando se volvió por la vía de las armas al pacto institucional anterior y a su estructuración”[23]. Argentina se unió mediante la desunión de los grupos y pueblos con conceptos políticos contrarios; una vez que se impuso el estado nacional como un simbolismo del dominio armamentista, la provincia de Buenos Aires tomó el liderazgo en el otrora Virreinato del Río de La Plata.

Escrito por Israel Nungaray González entre septiembre y noviembre de 2009.

Referencias:

 

http://dialnet.unirioja.es

http://www.jstor.org

http://www.eseade.edu.ar

http://www.monografias.com

www.uca.edu.sv

 


[1] Mario A. Pozas, “El liberalismo hispanoamericano en el siglo XIX”, en: www.uca.edu.sv/El%20Liberalismo%20iberoamericano%20en%20el%20siglo%20.html., 19 de septiembre de 2009, p. 2.

[2] Ibídem, p. 11.

[3] Cf. Eduardo A. Zimmerman, “El liberalismo y la declinación argentina en la historiografía reciente. Una nota bibliográfica” en: Revista Libertas 12 (Mayo 1990), Instituto Universitario ESEADE, www.eseade.edu.ar/servicios/Libertas/33_6_Zimmermann.pdf, 20 de septiembre de 2009, p. 4.

[4] Ibídem, p. 5.

[5] Jorge Zappino. “Tierra y negocios en la historia argentina 1810-1935” en: http://www.monografias.com/trabajos25/tierra-y-negocios/tierra-y-negocios.shtml, 12 de octubre de 2009.

[6] Ibídem.

[7] Ídem.

[8] Zimmerman, Op. Cit, p. 7.

[9] La propiedad de la tierra había quedado en unas pocas manos, utilizando la vía junker de desarrollo agrario

[10] Zimmerman, Op. Cit., p. 8.

[11] Ibídem, p. 12.

[12] Alan M. Taylor, “Tres fases del crecimiento económico argentino”, pp. 649-663. En: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=97634, 27 de septiembre de 2009.

[13] Ibídem, pp. 651-652.

[14] Ibídem, p. 654.

[15] Ibídem, p. 656.

[16] Ibídem, pp. 658-659.

[17] Ibídem, p. 663.

[18] Hilda Sábato. “La cuestión agraria pampeana: un debate inconcluso”, en: Desarrollo Económico, v.27, N° 106, julio-septiembre, 1987, pp. 291-301., en http://www.jstor.org/pss/3466984, 28 de septiembre de 2009.

[19] Ídem, p. 292.

[20] Marcelo Cavarozzi. “Elementos para una caracterización del capitalismo oligárquico” en: Revista Mexicana de Sociología, Vol. 40, No. 4, Estado y Clases Sociales en América Latina, Oct. – Dec., 1978, UNAM, pp. 1327-1352, http://www.jstor.org/pss/3539659, 28 de septiembre de 2009.

[21] Helgo Trindade. “La construcción del Estado nacional en Argentina y Brasil (1810-1900)” en: Revista Mexicana de Sociología, Vol. 48, No. 1, Universidad Nacional Autónoma de México, Enero-Marzo, 1986, pp. 137-166, en: http://www.jstor.org/stable/3540410, 16 de octubre de 2009.

[22] Ibídem, p. 141.

[23] Ibídem, p. 146.

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Observador miope
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