Los conceptos de percepción y espacio en la comprensión de las expediciones al septentrión de la Nueva España en el siglo XVI

El presente trabajo aborda el tema de teoría de percepción y conocimiento del espacio en el contexto de la expedición española al norte de la Nueva España en el siglo XVI. Los primeros exploradores que llegaron a América en el siglo XVI tenían la intención de reclamar para la Corona española la tierra y riquezas que llamaban “Las Indias”, como referencia al viaje que Cristóbal Colón realizó en 1492. En la parte centro y sur de lo que hoy es México pudieron encontrar una gran variedad de recursos naturales, ciudades majestuosas y una población abundante. La primera fase de la conquista incluyó la destrucción de las edificaciones indígenas por considerarlas profanas y anticristianas, la evangelización de los habitantes y, por supuesto, la búsqueda de metales preciosos, principalmente oro y plata. Al correr del tiempo la empresa entró en una segunda etapa: la colonización, y cada vez llegaban más personas a sumarse a tal proyecto. La administración corrió a cargo de un virreinato, o sea, la representación en la Nueva España del rey ibérico que se encargaba de hacer llegar a España las ganancias por los hallazgos localizados.

La dinámica estaba establecida y se fueron fundando varias ciudades y provincias: Querétaro, Puebla, Nueva Galicia, Valladolid, Guanajuato, Zacatecas, entre otras. Aunque los ingresos eran abundantes, la avaricia no mermaba, sobre todo tomando en cuenta que la administración de los recursos residía en unas pocas manos. “La obtención de mercedes de tierra por méritos de campaña y favores a la Corona, fue acaparada por los capitanes de frontera, mineros y aventureros…”[1] Ante semejante situación, “…la plata, el ganado y lo desconocido, rompieron el cerco hacia el norte, empujando la frontera hacia el gran río del Norte”[2]. Habían salido de España en busca de oportunidades que no tenían en su tierra, querían mejorar su situación socioeconómica. “El éxito en tierra americana consistía para el nuevo poblador en alcanzar una posición social análoga a la de los hidalgos peninsulares”[3]. Los expedicionarios partieron hacia el septentrión empujados por la ambición y la aventura. Llegarían a un territorio inhóspito y poco favorable (en principio) a sus pretensiones.div1786

El impacto que recibieron los europeos al encontrar un medio ambiente distinto al que conocieron en el centro de México no está muy lejano de lo que le causa a un viajero de nuestro tiempo el conocer un lugar con el que no está familiarizado. Quizás los peninsulares pensaban que encontrarían una repetición de lo que había en el centro, un espacio homogéneo con tipografías repetidas, climas favorables, vegetación vasta y personas adaptadas al entorno[4].

La percepción del ambiente

Las personas van adaptándose al entorno de forma paulatina, arraigándose después al lugar que habitan, llevándose consigo su ciudad como punto de referencia a los sitios que visitan a lo largo de su vida. Cabe señalar que hay una relación simbiótica entre los humanos y el lugar donde moran, ya que al hacerlo reciben la denominación de tal lugar[5]. Es así como son entendibles los motes de nación, etnia, patria o entidad. En el caso de la exploración española en Nueva España las personas que descubrían un poblado le nombraban en ocasiones de acuerdo al lugar de donde eran originarios o porque les recordaba alguna región española; por eso es que el actual Jalisco fue llamado Nueva Galicia, lo que hoy es Tamaulipas era Nuevo Santander, Chihuahua y Durango conformaban Nueva Vizcaya, Morelia fue Valladolid, Sonora y Sinaloa eran Nueva Navarra y actualmente hay un estado que conserva la nomenclatura de aquel tiempo: Nuevo León.reyno_de_la_nueva_espana_siglo_xix

Los españoles que salieron del núcleo de México llegaron al septentrión con la intención de reclamar para sí algo de lo que carecían en el centro por estar la bonanza en poder de algunos pocos privilegiados, como apunté antes. Lo que motivó el éxodo fue el sueño de encontrar enclaves mineros que explotar y el deseo de territorialidad, aspiración universal irrefrenable de los seres humanos[6]. El arribo a un sitio nuevo donde habitar, un espacio, el cual es “una noción vinculada a la dimensión espacial de la vida humana. Sólo a posteriori se transforma en un concepto construido”[7], es decir, luego de la llegada vino el proceso de acoplamiento antes del objetivo de obtener riquezas. Una vez que consiguieron asentarse en los nuevos territorios, sucedieron entre otras cosas, el proceso de evangelización de los indígenas, delimitación del área perteneciente a la corona (en el siglo XVI era hasta el pueblo de Santa Fe) y la generación de actividades económicas como la agricultura, la ganadería y principalmente, la minería.

Las primeras expediciones

Los exploradores llevaron consigo a los misioneros, unos de la orden franciscana, otros de la orden jesuita (también había dominicos y agustinos aunque en menor cantidad). El grupo se instalaba en una región cercana a un río donde en principio acampaban y después procedían a la construcción de una capilla, sitio en el cual se llevaría a cabo la evangelización de los indígenas. A diferencia de Mesoamérica, donde había ciudades, recursos y pobladores que en su mayoría colaboraban con la empresa de conquista, en el norte las cosas eran de otra manera pues no existían condiciones como las mencionadas, “los indígenas no tenían bienes que explotar a través del tributo, ni estaban acostumbrados al yugo de un cacique, ni eran sumisos como para obligarlos a trabajar al servicio de los españoles”[8].

Ruta de Juan de Oñate

Ruta de Juan de Oñate

En 1529 salió de la capital novohispana una expedición encabezada por Nuño Beltrán de Guzmán acompañado de 300 soldados españoles y 6000 indios tlaxcaltecas. Recorrieron parte de Michoacán y Jalisco hasta llegar a la zona de los indios totorames. Tuvieron problemas por las condiciones del clima, enfermedades y hasta pleitos entre los integrantes de la caravana. En 1531 llegaron a Culiacán, enfrentaron y derrotaron a los indios, fundaron poblaciones, entre ellas la villa de San Miguel. Sinaloa es importante porque representa el punto de entrada al septentrión por el noroeste.

La misión

Culiacán se había convertido en la frontera del dominio español[9] porque la conjunción de las manifestaciones rencorosas de los nativos y las características geográficas de la zona llamaban a recurrir a nuevos métodos para ejercer la dominación. Es aquí donde cobra importancia el papel de los misioneros. Los franciscanos habían arribado junto con los soldados al septentrión, su labor principal consistía en la evangelización de los indígenas. Se trataba de allanar el camino, porque “el conquistador necesitaba a los indígenas sometidos y al mismo tiempo benevolentes”[10]. Los exploradores tenían entre sus tareas la localización de enclaves mineros con la idea de ponerlos a trabajar, y para ello echaban mano de los habitantes, mejor aún si estos estaban ya cristianizados.

Misión de San Ignacio de Caborica, Sonora

Misión de San Ignacio de Caborica, Sonora

Los jesuitas llegaron a la Nueva Vizcaya en 1591. “El procedimiento de los jesuitas consistía en agrupar a los indígenas semi-nómadas en asentamientos estables llamados pueblos de misión…con el objeto de inducirlos al trabajo sistemático en la agricultura y la ganadería”[11]. Ellos pensaban que lo fundamental era la producción de alimentos para que la gente estuviera tranquila, y consideraban que la formación de poblaciones ayudaría al proyecto de enseñanza del catolicismo y a regular las formas de conducta de los indios.

Cierre

Creo que es significativa la comprensión del entorno en que vivimos. Sin llegar jamás a la erudición, pienso que podemos hacerlo mejor si recurrimos a las herramientas que la geografía y la historia nos aportan. Así como ahora nos adaptamos al medio que nos rodea, los españoles que habían reclamado la América Septentrional para la Corona tuvieron que hacer lo propio en su momento porque querían alcanzar esa finalidad.

La Nueva España hacia 1819

La Nueva España hacia 1819

En el procedimiento de formar ciudades en Nueva España se trató de aplicar el modelo europeo en la construcción de viviendas y edificios de gobierno, así como también se incorporó el estilo occidental en los aspectos de organización política y administración pública. Parafraseando a Morin, los españoles adaptaban su idiosincrasia, su cultura, su forma de vida en el nuevo mundo, y al hacerlo, terminaban adaptándose[12]. Hoy en día entendemos que habitamos un espacio dentro de una ciudad, al que tenemos que adaptarnos sobre la marcha porque los accidentes y cambios son constantes. Así que creo que la idea final es que el espacio contiene las acciones, los valores que causan un efecto en una situación y/o condición geográfica[13]; los españoles llegaron a la América septentrional a instalar su modo de hacer las cosas y transmitieron sus conocimientos a la gente para allegarse de recursos y ayuda de los nativos, mismos que eventualmente recabarían lo aprendido y lo aplicarían en los movimientos de independencia del siglo XIX que derivarían en la formación de nuevas naciones a imagen y semejanza -a escala- del mundo occidental.

Escrito por Israel Nungaray González entre el 6 y el 21 de mayo de 2009

 

Fuentes de información

 

Internet

www.ub.es

 

Libros

 

De Castro, Constancio. La Geografía en la vida cotidiana, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1997.

Dollfus, Oliver. El espacio geográfico, Oikos-Tau, Barcelona, 1982.

Morin, Edgar. El hombre y la muerte, Kairós, Barcelona, 1994.

Ortega Noriega, Sergio. Un ensayo de historia regional. El Noroeste de México, 1530-1880, UNAM, México, 1993.

Ortega Valcárcel, José. Los horizontes de la geografía, Ariel, Barcelona, 2000.

Romero, José Luis. Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Siglo XXI, México, 1976.

 

[1] Luis Arnal. El sistema presidial en el septentrión novohispano, evolución y estrategias de poblamiento, en: http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-218-26.htm, 25 de abril de 2009.

[2] Ídem, 25 de abril de 2009.

[3] José Luis Romero. “El ciclo de las fundaciones”, en Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Siglo XXI, México, 1976, p. 59.

[4] Cf. Oliver Dollfus. “Los caracteres del espacio geográfico”, en El espacio geográfico, Oikos-Tau, Barcelona, 1982, pp. 9-29.

[5] Constancio de Castro. La Geografía en la vida cotidiana, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1997, p. 152.

[6] Ídem, p. 151.

[7] José Ortega Valcárcel, “El objeto de la geografía: las representaciones del espacio”, en Los horizontes de la geografía, Ariel, Barcelona, 2000, p. 338.

[8] Sergio Ortega Noriega, “La penetración de los españoles en el área mesoamericana del noroeste 1530-1591”, en Un ensayo de historia regional. El Noroeste de México, 1530-1880, UNAM, México, 1993, p. 39.

[9] Ídem, p. 41.

[10] José Luis Romero, Op. Cit., p. 49.

[11] Sergio Ortega Noriega, Op. Cit., p. 52.

[12] Cf. Edgar Morin, El hombre y la muerte, Kairós, Barcelona, 1994, p. 93.

[13] Ortega Varcárcel, Op. Cit., p. 343.

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Observador miope
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