De la memoria del poder a la historia como explicación

Cuando la reconstrucción del pasado[1] se hace desde el presente y de acuerdo con los intereses de quienes gobiernan y ostentan el poder, es una presentación parcial del pasado que pretende legitimar el orden establecido, darle sentido a la vida de las personas y los países, ordenar el futuro a corto plazo y sembrar ejemplos de moralidad.

A consecuencia de esta clase de rescate de los hechos, “el pasado entra en el presente como cosa viva, obra en él con la misma o semejante fuerza que lo contemporáneo”[2], llegando con potencia a instalar su presencia en la actualidad. Los encargados de tales historias afirman que los sucesos narrados son verdaderos y al utilizar testimonios endebles, omitir datos importantes o sacar otros poco auténticos imponen una versión del pasado acorde con la carga política y social que les orilló a tal modificación del rumbo. Cuando las masas logran ser convencidas con esta forma de historia, la legitiman, pero esa misma historia pierde crédito cuando aparecen distintas versiones de nuevos grupos sociales “que niegan, contradicen o superan la establecida”[3].

La imaginación histórica ha sido estimulada por la lucha de clases, la guerra, la dominación colonial y la conquista, así como por la opresión de las minorías étnicas y religiosas. Todos estos factores provocan contradicciones en la interpretación del pasado y aunque grupos y clases buscan fundamentar sus raíces históricas, se profundiza en la búsqueda de razones y testimonios históricos que sustenten los intereses propios y destruyan los del contrario[4]. Un ejemplo está en Europa, desde el siglo XVI había una coexistencia de argumentaciones opuestas en la comprensión del pasado, tales como el antecedente cristiano, la antigüedad pagana y el descubrimiento y conquista de pueblos de América fueron incluidos en la historia de países europeos. Surgieron preguntas sobre cómo entender estos procesos, su autenticidad y el sentido de los mismos. Esta tendencia de cuestionar los hechos, de buscar una razón, un por qué, surgió durante la Ilustración, aún en tiempos de pragmatismo político.

En el caso de México se distingue que a partir de la Conquista surgieron dos pasados que “chocan y luego coexisten largamente sin que uno logre absorber al otro plenamente”[5]. Bernardino de Sahagún intentó el rescate del pasado histórico nativo para evitar que cayera en el olvido, y aunque estaba bien documentado con testimonios de indígenas terminaría siendo prohibido por los españoles, quienes impusieron crónicas de la empresa de conquista y de las órdenes religiosas participantes. La historia de los pueblos de México se convertía en la historia de la ocupación y dominación españolas. Fue hasta después de la Revolución de 1910 que apareció el libro México a través de los siglos, en el cual por primera vez los dos pasados dejaban de ser antagónicos y se mostraban como parte de un proceso evolutivo que alcanzaba su punto más alto en el entonces presente porfiriano[6].

La comprensión del pasado conlleva a dominar el presente. “Al revés de la interpretación del pasado, que opera desde el presente, la historia real modela el presente desde atrás, con toda la fuerza multiforme y prodigiosa de la totalidad de lo histórico”[7]. Una vez realizado lo anterior el ser humano colabora en la transmisión de las relaciones en interacciones con la naturaleza, las formas de organización política y social de otras épocas, así como trayendo al presente los conocimientos y experiencia adquiridos durante el pasado. La transformación inició en el siglo XIX cuando el hombre tuvo conciencia histórica y se preguntaba la importancia de averiguar y explicar el devenir. Tiempo después hubo crítica al tipo de historia que buscaba salirse del molde para plantear nuevos puntos de vista y responder a nuevos cuestionamientos, “se le han comenzado a ver deficiencias graves en la definición de sus objetivos y en los conceptos y métodos aplicados al estudio del pasado”[8]. El punto de libertad al que había llegado esta forma de historiar buscaba la apertura y fue atacada por quienes pensaban que no tenía objetivos científicos definidos.

Enrique Florescano

Los historiadores observaban la interacción humana como un abanico multicolor sin considerar la epistemología que empatara la finalidad de las ciencias sociales con la de la historia. La inclusión de posturas económicas, antropológicas y demográficas condujo a una historia variada, mas no total. Sin embargo, una particularidad tanto de la Historia como de la Antropología es que no se sujetan a la tradición cientificista, sino que aplican los métodos y teorías de la sociología, la economía y otras disciplinas con la intención de fortalecer su campo de trabajo, parcializando por ello el análisis correspondiente.

Escribió: Israel Nungaray González (Ciudad Juárez, 10 de noviembre de 2010)

[1] Enrique Florescano en: Carlos Pereyra [et al.], Historia, ¿Para qué?, Siglo XXI, México, 1995, pp. 93-127.

[2] Ibíd, p. 94.

[3] Ibíd, p. 95.

[4] Ídem, p. 96.

[5] Ídem, p. 98.

[6] Ídem, p. 102.

[7] Ídem, p. 105.

[8] Ibídem, pp. 115-116.

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Observador miope
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